Mi infierno personal

Posted on enero 16, 2009

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Durante uno de esos episodios grises de mi vida recuerdo que un contemporáneo me dijo, sin darse cuenta, una cosa que me traumó para siempre.

Yo pasaba horas completas sentado en la banqueta de la esquina de mi preparatoria, fumando y… y básicamente  fumando sin hacer ninguna otra cosa. La escuela me deprimía, mis compañeros me deprimían y ahora que lo pienso en retrospectiva estar sentado fumando en un solo lugar durante tanto tiempo probáblemente también me haya deprimido terriblemente.

En fin, el chiste es que un día mientras este cuate cuestionaba mi abulia dijo que si me iba al infierno pasaría el resto de la eternidad sentado en esa esquina fumando, aburrido y sintiendo todas esas cosas horribles que sentía.

En ese momento no me dí cuenta de lo duro que resultaba su proyección/insulto/burla.

Pero después de pensarlo un rato me aterré. Una eternidad ahí…

Desde ese momento las rutinas empezaron a asustarme e identifiqué que el malestar que sentía gran parte del tiempo se debía a mi imposibilidad de huir de ellas, soy maniaco y hago las cosas mediante patrones.  Todo mundo hace cosas en patrones siempre.

Después de un tiempo, cuando mi preocupación por las rutinas empezó a consumir mucho tiempo  a su vez (o sea temer a las rutinas se volvió rutinario) hice una lista con todas las cosas repetidas que hacía durante el día e intenté decidir cuáles eran absolutamente necesarias y cuáles no, pero todas resultaron imprescindibles. Culpé a la modernidad y a la demás gente: ellos quieren que llegue temprano, quieren que llegue a clases, quieren que cumpla con mis responsabilidades, quieren que pague, que responda, salude, sonría, me despierte. En fin, gran parte del día se repetía al siguiente y al otro y así.

Obviamente el problema no tiene solución. Lo cual no quita que de vez en cuando vuelva a temer hacer para siempre ciertas cosas. Y entonces hay veces que añado a mi lista algunas nuevas posibilidades de infierno personal, todas igual de insoportables que estar sentado fumando en la esquina de mi estúpida preparatoria.

Como ayer, que en una feria  encontré uno de los peores castigos probables: una especie de juego estilo “tasas locas” que despedía un terrible olor a gasolina mientras giraba a una velocidad vertiginosa al ritmo de una canción de monótona tambora norteña, por su puesto, a todo volumen.

Viviría más tranquilo si el infierno fuera como el de Ze do Caixao en Esta noche poseeré tu cadáver:

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Posted in: Paranoia